domingo, 25 de noviembre de 2018

Pasa el tiempo y... ¿pasa la educación?

Actualmente, vivimos en una era digital incuestionable. En lo laboral, la inclusión de la informática para la automatización de ciertas tareas está incrementando la supresión de empleos en ciertas funciones (cajeros de supermercado, cobrar los tickets de un parking, comercios locales, etc.) y cada vez son más. Existen listas de más de 100 redes sociales destacables distintas (TOP 113 REDES SOCIALES) en las que podemos relacionarnos socialmente, ya sea para encontrar amigos, compartir música o vídeo, hablar de cine o encontrar pareja. Podemos incluso realizar la compra online y solicitarla a domicilio. Es un escenario propio de una distopía futurista como la que planteaba Ernest Cline en Ready Player One (2011), llevada a la gran pantalla siete años más tarde por Spielberg, en la que los seres humanos desarrollaban su día a día en una plataforma de realidad virtual, realizando online su trabajo, relaciones sociales, etc. Aunque aún nos falta para llegar a tal extremo como sociedad, hay algunos pilares que evitan que la vida se realice sin salir de casa. Uno de ellos es la escuela.

Las reglas del juego están cambiando. Es cierto que la globalización nos conecta a cualquier parte del planeta, cuando queramos e instantáneamente. Previo a la revolución industrial, los trabajos se hacían manualmente y para ello, la población disponía de un pequeño taller o lugar donde realizar su oficio. Una vez industrializada la sociedad, se desarrollaron las fábricas, es decir, un lugar en el que muchas personas podían elaborar su trabajo, ya no independiente, sino para sus jefes o quienes les contrataban. Con la formación de las fábricas, se inició la escuela. En ella, la sociedad podía ser educada desde pequeña y en un lugar concreto. Sin embargo, la tecnología siguió evolucionando hasta el día de hoy.

La era digital (que nos lleva aconteciendo desde hace ya unas décadas), está destrozando las bases empresariales, sociales, económicas, ... Los patrones de producción están evolucionando de jerarquías piramidales clásicas a una organización en redes. Estas nuevas formas impulsan desordenes empresariales como el que presenta España en contratos precarios. Según el Ministerio de Empleo y Seguridad Social, la proporción de contratos precarios firmados en España a día de hoy es el mayor en la última década. Esto afecta a la economía y fomenta desordenes estructurales en el reparto de la distribución de impuestos, ayudas, fondos públicos, etc. Socialmente, los ámbitos de confianza eran, antiguamente, el sistema parentesco, la comunidad local, la cosmología religiosa y la tradición. Desde hace tiempo, el parentesco es reforzado por las relaciones de amistad, la comunidad local por comunidades virtuales y las cosmologías religiosas y las tradiciones pasan a ser sustituidas por un sistema de valores construido en función del futuro que se quiere. Pero, todo esto, modifica también  la educación.

Muchos afirman que el futuro de la educación se podrá llevar a cabo desde casa. No obstante, cuando se habla de educación no se trata en que el alumno adquiera el conocimiento de diversas materias sin más. Educar es formar en ideas y creencias, estimular el espíritu crítico; es promover, transmitir valores como el esfuerzo, respeto, ciudadanía, etc. El problema que surge es que este tipo de educación no se puede recibir desde casa. No se puede aprender a ser compañero viendo tutoriales en Youtube desde casa. No se puede motivar ni educar en el esfuerzo haciendo ejercicios online desde una plataforma a edades tempranas. No se puede respetar si no tenemos al lado a nadie a quien respetar. 

Por mucho que avance la tecnología (incluso si se diese la situación distópica de sociedad virtual de Ready Player One), la escuela y los espacios físicos de educación mantienen al ser humano conectado. La globalización permite que estemos conectados a miles de kilómetros. Sin embargo, la escuela permite que queramos seguir conectándonos entre nosotros.